19 mayo 2010

Acerca de sueños, delirios, y una extraña amenaza

No se muy bien como contar esto, pues sigue sin tener mucho sentido incluso para mi.
Llevaba muy poco tiempo en aquella ciudad, en aquella casa fría y gris, y sin embargo algunas cosas parecían ya completamente afianzadas en mi vida.
Me explicare. Mi imaginación siempre ha sido un mecanismo muy difícil de controlar, disparándose en cualquier instante y en cualquier dirección… Soñador, es la palabra con la que me han definido en más de una ocasión. Y eso es precisamente lo que mas hago: soñar. Pocas son las noches en que me despierto sin ser capaz de recordar uno o más sueños, de tal modo que sigo dándoles vueltas en la cabeza a lo largo del día, y aportan cierta, digamos magia, a la monotonía del trabajo y la soledad.
El caso es que habiéndola ocupado durante tan poco tiempo, aquella casa parecía haberse adueñado por completo de mi subconsciente.
Cada noche, después de irme a dormir, la recorría en sueños. Todas las noches me ocurría, y durante el día me preguntaba confuso a que podía deberse esta extraña obsesión.
Por supuesto, no le di demasiada importancia. Durante los breves momentos en los que me paraba a pensar en el asunto, me decía a mi mismo que era probablemente el simple hecho de haberme mudado a una ciudad nueva y desconocida, y a una casa tan anodina. Cuando me hubiese acostumbrado, me decía, los sueños habituales volverían.
Con esto en mente, solo me quedaba lamentar en silencio la ausencia de sueños mas interesantes en los que pensar durante el día, pero como ya dije, mi imaginación es un mecanismo bastante bien engrasado, y no suelo tener problema para perderme en ensoñaciones, aunque estas se hayan generado en la vulgar vigilia.
Pasaron los meses, y seguía soñando con la casa cada noche. Y la situación comenzaba a incomodarme, pero solo a un nivel profundamente personal, pues en realidad no afectaba en absoluto a mi vida… solo era como un vacío al que no lograba acostumbrarme. Echaba de menos mis viejos sueños, su variedad, su sorpresa.
La casa, todo sea dicho, era de lo mas normal que puede encontrarse. No era en absoluto una casa antigua, o grande, o llena de misterios de cualquier tipo. Era una casa normal, tan normal como una casa puede ser. Y sin embargo, esta claro que me obsesionaba.
Como ya dije, la recorría en sueños cada noche. Mientras lo hacia, a veces buscaba algo, y a veces huía de algo. Lo que mas me molestaba es que durante el sueño sabía perfectamente de que se trataba, pero al despertar no tenia forma de saber que buscaba, o que me perseguía. Esto me incomodaba enormemente, ya que el misterio parecía extenderse cada noche, y la necesidad era más apremiante en cada ocasión.
Y de repente, la casa cambió. No mientras estaba despierto, por supuesto, pero sí en sueños. A veces encontraba corredores, habitaciones, pasillos y puertas que nunca habían estado allí antes. Por supuesto, al despertar la casa se me revelaba en su habitual normalidad, pero ahora mis sueños eran mucho mas extenuantes, había mucho mas espacio en el que buscar, o por el que ser perseguido. Me despertaba agotado, como si hubiese estado corriendo. Estaba cansado todo el día, y el dormir solo me cansaba más. Comencé a preguntarme si estaría aquejado de alguna forma de sonambulismo, pero no parecía ser el caso.
Pero las cosas no se quedaron ahí. Conforme mi casa se hacía mas y mas grande en sueños, pude comprobar que cada corredor, cada habitación, cada puerta que encontraba en alguna de mis noches, permanecía en el mismo lugar a partir de entonces. Esto me extrañó profundamente, ya que nunca había sido capaz (en todos mis años de vida) de soñar dos veces con lo mismo, salvo que se tratase de cosas reales. Pero los fragmentos de mi casa imaginaria permanecían invariablemente allí, mientras esta se iba convirtiendo poco a poco en mansión. Tenia un enorme invernadero, una inmensa biblioteca, innumerables trasteros y desvanes… Y todos estos lugares los recorría a la carrera buscando siempre algo, una imagen fija en mi mente que se disolvía al despertarme. Y siempre evitando una presencia, un nombre que me perseguía incansablemente y que mi memoria no lograba retener.
Además, pronto empezó a aparecer más gente. Tampoco era capaz de recordar sus rostros o nombres al despertarme, pero a veces, cuando mi perseguidor me había perdido la pista, podía detenerme a hablar con ellos, a preguntar si sabían donde podía estar el objeto (o lo que fuese) que buscaba.
Pero normalmente no me respondían. O lo hacían hablando de otras cosas, contándome sus historias o alguna pista críptica para la que nunca lograba encontrar sentido. Apenas lograba recordar más que leves retazos de sus historias, pero siempre, en todos los casos, me quedaba la impresión de una enorme tristeza. De una melancolía ajena a toda esperanza.
Pero con el tiempo (y ya había perdido la noción de cuanto tiempo llevaba soñando de esta forma) llegue a desarrollar cierto aprecio por algunos de estos personajes, tan nítidos en mis sueños, tan neblinosos durante el día.
Así, por ejemplo, recuerdo que el caballero (aunque no sabría decir si se trataba de una mujer) del diván verde de la biblioteca siempre me estaba dando consejos sobre la mejor forma de evitar que la humedad estropeara los libros, y la joven (aunque quizás fuese una anciana) que solía estar sentada en la barandilla de uno de los balcones me dijo en una ocasión que no tenia motivos para seguir allí, pero que le faltaba valor para saltar.
En las cocinas se escondía un niño pequeño que siempre me ayudaba a buscar entre las cajas y cajones, pero que jamás decía una sola palabra.
Así transcurrían mis noches, atravesando una mansión de la que mi casa original no parecía ser más que una adición, una pequeña caseta para el mayordomo, o algo así.
Mis días se volvían cada vez peores. El cansancio invadía mi mente a todas horas. Las piernas me dolían al caminar, los ojos me abrasaban solo de mantenerlos abiertos. La gente (la poca gente) con la que mantenía algún tipo de trato me miraba siempre con una expresión que solo a medias lograba ocultar su espanto, pero sin atreverse a decir nada. Creo que imaginaban que me había entregado al alcohol o a algún otro vicio nocturno, pero yo no me veía capaz de explicar mi problema, ni ellos podían hallar pruebas de sus sospechas.
A veces me quedaba dormido fuera de casa. En aquellas ocasiones mis sueños eran una desesperada carrera a través de un páramo nebuloso hacia mi casa, esa mansión cuyo exterior nunca había visto, y a la que nunca lograba llegar. Sólo me agotaba, y me despertaba con las piernas doloridas.
El cansancio comenzó a hacerse presente en mis sueños, de forma que se convirtieron en un penoso deambular por la enorme casa, sin poder apenas tenerme en pie, pero huyendo como podía de algo que no era capaz de ver, pero que casi lograba ya alcanzarme. A veces estaba tan cerca que podía oír los crujidos del suelo a su paso. Era un paso tranquilo, el paso confiado de quien se sabe ganador.
Una noche no pude más. Estaba destrozado, física y mentalmente; pero aun así seguí trastabillando, caminando lo más rápido que podía, a pesar del dolor que me agarrotaba los muslos a cada paso. Ya casi no veía lo que había ante mi, me movía a tientas, incapaz de abrir los ojos debido al escozor que me producía el mantenerlos abiertos el tiempo de un simple parpadeo. Estaba sediento, con la lengua seca pegada al paladar, y caminaba encorvado, incapaz de mantener la espalda erguida. Me desplazaba casi a cuatro patas, como un animal, apoyándome en cada objeto que encontraba a mi camino.
Mi oído parecía ser lo único que funcionaba correctamente. Escuchaba cada sonido, cada ruido que hacia al chocarme contra los muebles, cada roce de mis pies sobre el suelo. Y sobre todo ello, la risa cruel que se acercaba a mí.
Me rendí. Me di la vuelta y decidí enfrentar lo que fuese.
Como ya dije, apenas podía mantener los ojos abiertos. No podía levantar el peso de mis parpados mas que una abrasadora ranura por la que apenas veía nada, pero pude vislumbrar que me había arrastrado hasta mi habitación. La habitación donde me despertaría a la mañana siguiente… si lograba hacerlo. En aquel momento lo dudaba.
No podía seguir mirando. Cerré los ojos con fuerza esperando que las lágrimas se formasen y aliviasen el dolor. Pero ni siquiera las lágrimas acudieron. En lugar de ello sentí una sombra sobre mi y oí una voz, una voz profunda y cruel, que decía con sorna que mi tiempo se había acabado. Se extendió algo mas en detalles, pero yo no prestaba atención. Luchaba contra el dolor y el fuego de mis ojos por poder abrirlos y lograr ver al menos al ser que de esa forma me amenazaba.
Intente mantenerme erguido, pero el agotamiento me había derribado. Me derrumbaba poco a poco sobre mi cama sin recordar ya siquiera cómo se abren los ojos.
Pero entonces me pareció que la oscuridad cedía un poco, y logre entreabrir mi ojo derecho. La claridad de la aurora entraba por la ventana, y supe que estaba a punto de despertar. De escapar.
Pero esto no pareció preocupar a la voz, que simplemente dijo:
-No te atrevas a abrigar esperanzas. Has agotado tu tiempo y ya no hay nada que puedas hacer.
>Puede que esta noche haya terminado, pero te lo prometo, la próxima vez que te quedes dormido, no lo dudes, será tu muerte.
Solo entonces logre abrir los ojos. Las palabras resonaban nítidamente en mi memoria, casi podía sentirlas todavía resonando en mis oídos. Pero estaba despierto, y apenas era capaz de distinguir la realidad del sueño.
No era capaz de decidir si la amenaza era real, o solo una parte angustiosa de un sueño febril. Pero no había nada que pudiese hacer. Cansado (destrozado) como estaba, me incorpore y me decidí a enfrentarme a otro día de agotamiento. A fin de cuentas, no había otra cosa que pudiese hacer. Uno no puede escapar de sus propios sueños. Y para entonces yo solo quería descansar. Si dormir me costaba la vida, lo mejor era aceptarlo sin más.
La impresión, la sensación de que al final todo aquello iba a terminar, de una forma u otra, me acompaño durante todo el día. No había estado tan despierto en mucho tiempo. Simplemente tenia un motivo para esforzarme: a la noche siguiente los sueños terminarían, para bien o para mal. Tenía esa impresión, y esa impresión (por extraño que parezca) me daba fuerzas.
Llegó la noche. No tenía prisa ya. Me prepare una buena cena, y me fui a dormir. Mi sonrisa al acostarme solo estaba ensombrecida por el temor a que la amenaza no hubiese sido cierta y los sueños fuesen a continuar indefinidamente.
Me encontré en mi casa. Pero como yo ya sabia, había una puerta en el salón que no siempre lograba encontrar. La abrí, y pase al enorme pasillo de los ventanales, que conducía a la biblioteca. El caballero del diván verde no estaba allí. Sin prisas (porque no deseaba correr más) Salí al bacón de la habitación principal, baje a las cocinas, visite el invernadero, los numerosos salones, el observatorio. No había nadie en la casa.
La sensación de que algo había cambiado al fin me sobrecogió. Sabia (de alguna forma) que yo también iba a desaparecer, pero sentía aquel pequeño cambio como una enorme victoria.
También descubrí que echaba de menos a todos los que habían desaparecido. Mi alegría era una alegría melancólica, el tipo de felicidad que uno siente al terminar un buen libro, sabiendo que todo ha acabado bien, pero odiando no poder quedarse con los personajes.
Encontré lo que había estado buscando. Había estado por todas partes, a mi alrededor, pero hasta entonces no me había dado cuenta de lo que tenia que hacer.
Mientras lo hacia, una enorme carcajada (la criatura que me había estado persiguiendo) resonó por toda la mansión. Parecía que cada muro, cada mueble, cada mota de polvo suspendida en el aire rugía con aquella carcajada salvaje.
Tardé más de tres días en despertar. Cuando lo hice, estaba cubierto de vendajes, y todo el cuerpo me dolía. Pero estaba vivo.
Me contaron, aunque nadie lograba entenderlo, que me habían encontrado plácidamente dormido cuando lograron apagar el incendio que había devorado mi casa.

07 julio 2008

Invierno

El valle pertenecía al invierno. La nieve flotaba en alas de un viento que gemía lastimero, y lo cubría todo como una inmaculada mortaja.

Viendo aquel gélido espectáculo, ningun hombre cuerdo podría haber evocado el verano. En lo profundo del valle, aquel manto inmaculado tornaba en hielo hasta el más cálido recuerdo del sol.

Sin embargo, alguien desafiaba la mortal blancura que meses atrás había borrado todos los caminos. Un hombre luchaba por avanzar en medio de la tormenta, aferrándose desesperado a su cayado, recurriendo a su último atisbo de fuerza para dar otro paso en lugar de dejarse caer sobre la nieve y dormir en paz.

La tempestad había comenzado en el momento en que salió de la calzada que recorría la cresta de la montaña, pero para entonces ya estaba demasiado lejos de cualquier pueblo. Sabía que solo podía avanzar y esperar que le diese tiempo a llegar a su destino antes de que el frío le venciese. Ahora, estaba a punto de rendirse a los invisibles lobos que roían sus huesos. No podía seguir caminando.

Pero algo le dio fuerzas para continuar. Una luz entre las ramas desnudas. Una casa.

En cuanto estuvo cerca supo que aquello no era el monasterio, pero eso no era importante. Necesitaba un lugar al abrigo de la nieve y un fuego para calentar sus huesos. Ya encontraría el monasterio después de la tormenta.

Cada paso era un centenar de agujas clavándose en su alma, pero se obligó a continuar, a llegar hasta la puerta, a golpearla sin energías.

Trató de gritar algo, pero su voz no era más que un gemido que se confundía con el coro del viento.

Permaneció allí de pie, luchando por mantener los ojos abiertos, por no caer muerto.

Y entonces, tras la eternidad que un copo de nieve tardó en bailar ante sus ojos, la puerta se abrió, y unas manos cálidas lo sostuvieron mientras le ayudaban a entrar.

El viento cesó, y el calor dolía tanto como el frío de un instante antes. Pero era calor, al fin.

Una chimenea, una cama, una mesa, una silla, y algunos trastos amontonados en estanterías. El oasis de calidez en medio del invierno era poco mas que una habitación en medio de la nada.

El hombre debía ser un cazador o un leñador del bosque. Un hombre sencillo y pobre. Pero para el extraño era más bien un salvador o un dios compasivo.

Su manto andrajoso le fue retirado de la espalda, así como sus ropas empapadas. Y en su lugar el dueño de aquella mansión le colocó su única manta. Luego lo sentó en el suelo, frente al fuego.

El extraño siempre había amado el fuego, pero hoy descubría maravillado que jamás había sospechado lo precioso que era.

Sin pensarlo dos veces, metió las manos entre las llamas. Sintiendo como su piel se secaba y sus huesos recobraban poco a poco la vida.

Después, pocos pero gloriosos segundos después, se dio cuenta de que el dueño de la casa le miraba horrorizado. Había olvidado que la carne de los mortales se quema. Había asustado a su salvador. Pero no podía arrepentirse. No de haber recuperado el calor de su cuerpo. Simplemente dijo:

-Os ruego que me disculpéis si os he asustado, pero necesitaba el calor.

El hombre estaba sorprendido, pero pronto pudo decir:

-Caramba, nunca había visto nada así, señor. Ya es extraño que hayais sobrevivido a la ventisca, pues sólo Dios sabe por qué un hombre podría caminar por el valle en un día como hoy. Pero desde luego ahora sé que no sois un hombre normal, sino alguna especie de prodigio. Decidme, señor, ¿qué es lo que sois?

El extraño dejó que su mirada se perdiera entre las brasas, y dijo:

-El fuego no puede quemarme, pero os aseguro que la nieve sí. Yo también estoy admirado de que alguien sea capaz de vivir aquí, si he de seros sincero.

El habitante del valle pensó por unos instantes antes de responder:

-Yo soy un hombre sencillo que siempre ha vivido aquí, aprovechando lo que el bosque me ofrece. No hay ningún prodigio en ello, y habéis evitado mi pregunta.

El extraño, incapaz de apartar la mirada del fuego, pensó durante unos instantes en qué responder. Su mente, embriagada por la calidez del fuego, no era capaz de trabajar ágilmente. Fue el cazador el que habló primero:

-Vuestros secretos podéis guardaroslos, señor. No me importa qué prodigios os envuelvan, no os echaré de mi casa en una noche como esta. Pero decidme al menos qué haceis en este valle, pues no hay nada a menos de dos días de camino de aquí, y no creo que hayais venido a isitarme a mí.

El extraño se sintió un poco contrariado, y dijo:

-¿No hay un monasterio derca de aquí?

-Sí, cierto que lo hay, aunque con este clima no podríais llegar en menos de un día de camino. ¿Es acaso vuestro destino?

-En efecto, buen hombre, hacia allí me dirijo.

-Pero, ¿Que asunto os traéis con los buenos monjes, tan urgente como para que arriesguéis la vida en lo peor del invierno? ¿Sois acaso un pecador en penitencia que quiere recluirse en la vida contemplativa?

-No, no es eso. Tengo que comerciar con los monjes, me lo han exigido mis señores. Yo simplemente no sabía lo duro que puede ser el invierno...

-¿Comerciar, decís? Pero si los monjes son hombres santos que han hecho voto de pobreza, que esperáis obtener de ellos, si no poseen nada?

El extraño, que no había apartado la vista del fuego hasta el momento, miró al cazador. En sus ojos se reflejaban las llamas, y un pequeño escalofrío recorrió la espalda del cazador, una sensación inexplicable. Pero era un hombre sensato, y no hacía caso de aquellas sensaciones.

-Oh, buen hombre, creedme cuando os digo que en este monasterio los monjes guardan el tesoro más precioso del universo.

Había algo en el tono del extraño, que intranquilizaba al cazador, algo para lo que no lograba encontrar un nombre. Pero la curiosidad podía más.

-Decidme, ¿Cuál es ese tesoro tan grande? Jamás habria sospechado que este valle poseyera riqueza alguna.

Pero el extraño se limitó a sonreír ligeramente y seguir contemplando las llamas.

Algo más tarde compartieron el único tazón de la casa, lleno de sopa a la que el cazador había añadido algo más de nieve.

No cruzaron una palabra durante la comida, pero al acabar, el cazador dijo en tono muy serio:

-No se mucho sobre los asuntos del mundo, señor, pero los buenos monjes me han instruido sobre el bien y el mal, y creo que ya se que es lo que os trae a este lugar.

El extraño se sorprendió de escuchar semejante aseveración. Se preguntaba para sus adentros que es lo que habría podido pensar aquel hombre inculto y medio salvaje. Pero la respuesta le sorprendió enormemente, pues lo que el cazador dijo fue:

-Creo que pretendéis causar mal a los buenos monjes. ¿Es eso cierto?

La cabaña estaba perdida en medio del bosque, estaban solos el cazador y él. No vio la necesidad de mentir.

-Así es. El peor mal que podais imaginar.

El cazador no se sorprendio. Pero su voz sonó terriblemente triste.

-¿Sois alguna especie de demonio? ¿También venís a causarme mal a mí?

-Soy una especie de demonio, sí. No se como lo habéis podido notar. Soy el demonio más ruin e infeliz que podais imaginar. Pero no debeis temerme. No despues de salvarme de la ventisca. Ni siquiera yo soy tan desagradecido.

Si el cazador estaba asustado, no lo aparentó. Sólo parecía triste.

-Los buenos monjes me han explicado lo que los demonios haceis. Robais las almas de los hombres, las condenais al llanto eterno.

El extraño sonrió, ahora con abierta malicia.

-Nosotros los corrompemos, sí. Pero ellos solos se condenan.

-Ahora me arrepiento de haberos ayudado. Creo que he contribuido a causar un gran mal. Habría sido mejor dejaros en la nieve.

Ahora estaba asustado.

-Habeis actuado con bondad, no os arrepintais de ello. No sois un mal hombre.

-Entonces, ojalá fuese un mal hombre. Ojalá me hubiese condenado yo en lugar de los hombres santos del monasterio, que merecen salvarse mucho más que yo.

Se hizo el silencio durante unos instantes. El extraño sabía lo que el cazador estaba pensando. Su parte humana sintió incluso lástima del pore infeliz. Pero de nuevo el cazador le sorprendió, diciendo:

-¿Y no podríais hacer un trato conmigo? Decís que soy un hombre bueno, ¿verdad? ¿Os llevaríais mi alma a cambio de perdonar a la de los monjes?

El extraño rió estrepitosamente, pero era una risa amarga, casi un llanto.

-¡Un sencillo hombre de las montañas! ¡Un campesino sin cultura, y es mas inteligente de lo que yo fui!

El cazador estaba desconcertado.

-No, no, buen hombre. Ya cometí una vez ese error, y aun estoy pagando las consecuencias. Un alma que se sacrifica por el bien de otras no nos sirve. Ya fui engañado una vez, y acepté un trato así, perdiéndolo todo. Por ese error fui castigado a caminar por el mundo como un hombre de carne y hueso, y no seré perdonado hasta que repare mi falta llenando el infierno con las almas más puras y santas de la tierra. No, guardaos vuestra alma, buen hombre. Quizás algún día vuelva a por ella, pues tenéis un tesoro mayor de lo que imagináis. Pero ahora no puedo aceptarla.

Y diciendo esto, el demonio dio por terminada la conversación, comprendiendo que no podría permanecer durante la noche en aquel lugar. Tomó su cayado y salio de nuevo en busca del monasterio. El frío se convirtió pronto en su única realidad. Pero tuvo un momento para preguntarse si encontraría en el monasterio una sola alma tan pura como la que acababa de dejar atrás.

Quizás bastase con el cazador para ganarse el retorno al infierno. Pero aquel maldito corazón humano no le permitía regresar. Su condena era peor que el infierno de los mortales. Casi tan cruel como el invierno en aquel valle.

19 agosto 2007

Cenizas

Se pasaban los días en las llanuras y los bosques de más allá del jardín, un reino tan vasto que llegaba hasta los confines mismos del pueblo. El niño y su perro color ceniza viajaban a través de sus tierras explorando, conquistando y descubriendo, luchando contra hordas incontables o peleando entre ellos como dos buenos amigos.
La madre se enfadaba a veces, al ver el estado en que acababa la ropa, o el suelo de la casa, pero el padre los defendía siempre, diciendo:
-Déjalos, yo también tuve un perro a su edad...
Aquella frase significaba que podrían volver a divertirse al día siguiente, que aún quedaban reinos por conquistar y monstruos por destripar. El niño era feliz, y no menos feliz era su perro color ceniza, o los padres que lo veían crecer fuerte y sano.
Los años pasaban lentamente sin que nada importante cambiara. Hasta que llegó aquel invierno. No se recordaba que hubiera nevado en el pueblo desde hacía décadas, y sin embargo aquella vez nevó. Nevaba día y noche, y un manto blanco y frío cubría el mundo. Al principio, aquello no era más que otra aventura más para el niño y su perro color ceniza, para los que la nieve ocultaba misterios y secretos espléndidos, deseosos de ser descubiertos.
Pero a mediados de aquel frío invierno, y sin previo aviso, el perro color ceniza murió.
No se puso enfermo, o si lo hizo no lo dio a entender al niño y sus padres. No sufrió un accidente, nadie le hizo daño. Un día estaba jugando en la nieve con el niño, y al día siguiente no se despertó. Su pecho no se movía, y su corazón no latía. Su hocico se secó y su cuerpo quedó rigido y frío.
El niño estuvo llorando durante días, mientras la madre trataba de consolarlo.
El padre cogió al perro color ceniza y una pala, y se fue al fondo del jardin, detrás de la maleza. Todos habían querido al perro, y todos lamentaron su muerte. Pero, como dijo el padre, “Así es la vida, hijo, tenemos que aprender a aceptarlo”.
El niño no lo entendió. Él no quería aceptarlo, sólo quería a su perro color ceniza.
Una noche, poco tiempo después, la madre fue a dar las buenas noches al niño, y no lo encontró en su habitación, ni en ninguna parte de la casa. Tras mucho buscar, lo encontraron detrás del jardín, excavando aquí y allá con las manos desnudas. Mientras se lo llevaban a rastras a casa, el niño, entre lágrimas, les aseguró que había escuchado al perro color ceniza ladrándole.
Le curaron las manos, y el padre estuvo hablando con él durante un rato muy largo. Al final, el niño se fue a la cama, y el padre le dijo a la madre:
-No te preocupes, querida, los niños aceptan estas cosas mucho mejor que los adultos. Ahora está trastornado, pero ya verás como muy pronto vuelve a ser el mismo de siempre.
Y así fue. Lloró durante dos días y una noche más, y después de dormir la segunda noche profundamente, volvió a ser el mismo de siempre.
Salía a jugar todas las tardes, después de que el débil sol invernal hubiera comenzado a caer, y llegaba tarde a cenar, sonriente como cuando el perro color ceniza vivía.
El padre le dijo a la madre:
-¿Ves? Te lo dije, los niños son maravillosos.
Y todo el asunto del perro color ceniza pareció olvidado.
Pero un día, cuando la primavera empezaba a acercarse, la madre preguntó al niño de forma casual a qué había jugado aquel día, a lo que el niño, sonriente, le contestó:
-Encontramos una calavera junto al río, y estuvimos hablando con ella durante toda la tarde.
El padre levantó la vista de su libro, la madre miró a su hijo con extrañeza, y durante un momento hubo un silencio incómodo, mientras el niño observaba a sus padres sin comprender qué era lo que los había contrariado tanto. Finalmente fue el padre el que dijo:
-¿Una calavera? ¿Quienes la encontrasteis?
El niño, encantado de poder contar su aventura de ese día, comenzó a decir:
-Una calavera, sí... la olió desde muy lejos y fuimos corriendo a buscarla. Yo me caí y me raspé la rodilla, pero no lloré. Estaba medio enterrada en la arena del río, y la desenterramos, y nos dio las gracias, y...
-¿Quien dices que la olió? –interrumpió el padre-
Entonces el niño pareció recordar algo, y su expresión cambió.
-Bueno, nadie, es un juego que he inventado...
Los padres se miraron aliviados, y siguieron con lo suyo. “Cosas de niños”, le dijo el padre a la madre aquella noche antes de acostarse.
Pero luego estuvieron hablando del tema, y decidieron que debían regalarle un nuevo perro al niño para que no tuviera que inventarse aquellas cosas tan macabras. Necesitaba un compañero de juegos, y no había otros niños en el pueblo. Seguramente dejaría de jugar a esos juegos tan siniestros si se olvidaba del perro de color ceniza que tanto había querido.
Era un cachorro precioso, de color de la hierba seca al final del verano, y sin embargo el niño apenas le dedicó una mirada.
-Yo no quiero otro perro –dijo a sus padres-
Pero la madre le dijo que saliera a jugar con él y en seguida serían muy buenos amigos.
Al final el niño salió al jardín con el perro nuevo, y los padres se miraron con complicidad, creyendo que todo había vuelto ya a la normalidad.
Hasta que oyeron los gañidos, claro. Durante un largo minuto el perrito chilló y chilló, y de repente se hizo el silencio.
El padre decidió salir a mirar.
El niño amontonaba piedrecitas construyendo un fuerte junto a un tronco, mientras hablaba tranquilamente con el cachorro.
El perro color hierba seca yacía en el suelo, con las entrañas extendidas sobre la hierba y el cuello ensangrentado.
El padre se llevó de allí al niño y volvió a salir con la pala al jardín.
Aquella vez habló durante mucho más tiempo con su hijo, durante horas y horas. Y al día siguiente no le dejaron salir de casa. Un hombre vestido de negro llegó por la mañana y estuvo hablando con el niño, durante horas y horas.
Al final, el niño prometió que sería bueno y lo dejaron en paz, aunque sus padres lo vigilaban asustados cuando pensaban que no se daba cuenta.
Pero el niño se daba cuenta perfectamente de que lo vigilaban. Aprendió a esperar a que su madre se fuera de su habitación cada noche, después de arroparlo y darle las buenas noches. Luego salía en silencio por la ventana y caminaba con cuidado hasta el fondo del jardín.
Por supuesto, con el tiempo, sus padres lo descubrieron. Una noche, el padre fue a su habitación después de que su madre lo hubiera arropado, y el niño no estaba allí. Lo buscaron de nuevo por toda la casa, y la madre lloraba. Al final lo encontraron, jugando entre la maleza del fondo del jardín con su perro de color ceniza.
La carne descompuesta se había caído en algunas partes del cuerpo y se veía el hueso verdoso. Las moscas anidaban en sus ojos blancos y los dientes estaban cubiertos de moho, pero él y el niño jugaban tranquilamente alrededor de un árbol.
La madre chilló, y el padre fue corriendo a coger la pala.
El niño los miró con cara de culpabilidad. Había temido que sus padres descubrieran que el perro color ceniza había vuelto y no les gustara. A fin de cuentas, ellos lo habían enterrado, cuando él quería seguir jugando. Hasta habían intentado sustituírlo por otro para que dejase de jugar con él. Con su perro color ceniza.
El padre llegó corriendo con la pala, mientras la madre caía desmayada, mortalmente pálida. La pala cayó sobre el perro, haciendo que la carne podrida se rompiese y el pus goteara sobre el suelo, Después, el perro miró furioso al padre, y saltó sobre él.
Los gritos duraron pocos segundos.
Cuando la madre se despertó al principio no recordaba donde estaba, ni qué había ocurrido, pero entonces vio los arbustos y las estrellas, y recordó. El miedo volvió, agarrotando cada uno de sus músculos. Y entonces, antes de juntar valor suficiente para incorporarse, escuchó la voz de su hijo, que decía:
-Bueno, lo intentaré, papá, pero ya verás como se pone histérica igual. Los vivos nunca lo entienden.
Luego le asaltó el olor del moho y la tumba, y escuchó junto a su oído el sonido de un perro olfateando. Volvió a desmayarse.

14 mayo 2007

Majestad

Al fin, tras varios años buscándolo, el caballero encontró a su rey, como había jurado que haría.
Lo encontró en una cueva oscura y maloliente, en lo más profundo de un desierto de rocas y escorpiones . El cómo llegó a averiguar que el rey se encontraba en aquel recóndito lugar es una historia larga que quizás merecería la pena contar, pero no en este momento.
Esta no es la historia del caballero, sino la de lo que le contó el rey cuando al fin lo encontró.
El caballero entró en aquella cueva oscura tras desistir de encontar algo con lo que fabricar una antorcha decente en medio de aquel erial sin vida. Recurrió en su lugar a una vela de sebo medio derretida que cargaba en su equipaje desde que partiera de la ciudad de Hereb diez noches atrás, aunque si de él hubiese dependido la cuenta del tiempo, juraría haber pasado no menos de un mes en aquella tierra en la que el sol te aplasta contra las afiladas rocas de día, y durante la noche llegas a pensar que el sol nunca existió e incluso lo echas de menos.
La cueva no era demasiado grande, y la entrada era tan angosta que el caballero tuvo casi que reptar por entre los excrementos de murciélago recogidos durante milenios por un suelo que quizás estuviese en realidad a varias brazadas de la superficie por la que el caballero avanzaba a duras penas.
Había una luz al final. Un rayo de sol había encontrado un camino olvidado por entre rocas y raíces muertas siglos atrás, y en una cámara algo más grande caía sobre una roca húmeda, en la que crecía un limo enfermizo que bien podía ser el origen de la vida, o su final.
En la penumbra de la sala había un montón de harapos desmadejados que en otro tiempo había sido uno de los reyes más importantes de toda la tierra. Ahora, en cambio, mordisqueaba por entre una barba amarillenta y desgreñada un escorpión que había matado aplastándolo con una piedra.
Aún llevaba su corona sobre la cabeza, abollada y tan cubierta de polvo que las pequeñas gemas incrustadas no eran capaces de reflejar la menor luz. En cualquier caso, de no ser por la corona, el caballero no habría reconocido en aquella burla de ser humano a su rey y señor. Quizás eso, al menos, fue una suerte.
Se arrodilló delante del noble nacido y esperó a que el hombre hablara, pues un hombre, por alta que sea su cuna, no puede dirigirse a un rey si éste no le ha dado permiso antes. Pero el rey no podía contener sus carcajadas, que más parecían las de un loco.
Hizo levantarse al caballero y le indicó con una voz que quizás no había tocado aquella oscuridad en años:
-No, No, te equivocas, hijo mío. Yo no soy aquí el rey.
Y para sorpresa del caballero, le hizo darse la vuelta y arrodillarse ante la piedra cubierta de limo.
Interpretando que el pobre anciano estaba loco y que su intervención podía, pues, interpretarse como un permiso para hablar, se apresuró a decir:
-Mi señor, vengo para llevaros de vuelta a vuestro reino, donde vuestro trono y vuestro pueblo aguardan...
No pudo continuar. El rey le mandó callar agitando la mano en el aire con expresión de hastío.
El monarca parecía terriblemente cansado, y se sentó en una roca, invitando al caballero a hacer lo mismo, y tras un largo silencio que desconcertó al caballero comenzó a hablar:
-Tengo que agradecerte que hayas recorrido el mundo entero y hayas afrontado todos los peligros y penalidades que sin duda habrás encontrado para llegar hasta aquí. Pero me temo que tu viaje ha sido en vano, ya que debo permanecer aquí hasta el final de mis días.
-Pero mi señor, sin duda...
El rey lo interrumpió de nuevo, y prosiguió:
-No te preocupes, hijo mío, te lo explicaré y lo comprenderás, para mayor gloria de mi amado hijo. Él nunca supo escucharme, nunca me vio más como al culpable de que no él no fuese rey, y este secreto odio creció durante toda su infancia sin que yo lo advirtiese. Es por ese error por el que tengo que pagar ahora.
No bien tuvo edad para reinar, el principe, mi primogénito, realizó el plan que había fraguado durante los años que tardó en crecer. Es evidente que me odiaba terriblemente, pues el plan que tramó es sublime en todos sus aspectos, es perfecto. Te lo explicaré.
Mi hio, el príncipe heredero, trabó conocimiento durante sus estudios con numerosos hombres de gran cultura, expertos en casi todos los campos de las artes y las ciencias conocidas, y gracias al gran interés que mostró en el arte del asesinato y la vendeta, y a la oportunidad de conocer a grandes autoridades en la materia que tuvo durante toda su vida, llegó a sus oídos la existencia de un maravilloso veneno que se obtenía mezclando la ponzoña de un escorpión que sólo se encuentra en este desierto con el amargo jugo de una raíz que sólo crece en una región pantanosa al este de aquí, raíz que vive a gran profundidad y de la que solo brotan hojas una vez cada trece años. Mi querido hijo tuvo que viajar durante años y pasar grandes penalidades para obtener dichos reactivos, pero es que una vez oyó las cualidades de tan complicada sustancia decidió que sólo ella podía proveerme de la cantidad de sufrimiento que según sus cálculos yo merecía. Me explicaré. EL veneno que mi hijo construyó con tanto esfuerzo es mortal para quien lo tome. Una pequeñísima cantidad basta para que todo el cuerpo se agarrote por un dolor terrible que nunca deja de aumentar, hasta que es tan intenso que causa la muerte.
Por suerte para mi hijo, existe un antídoto a dicho remedio. Y mi considerado hijo descubrió el único lugar del mundo donde se podía obtener dicho antídoto, y me lo proporcionó. Tantas fueron las molestias que su majestad se tomó. Y supongo que puede decir con toda la calma del mundo a todo aquel que se atreva a formular sus sospechas que no me mató y que incluso ignora si sigo vivo o no. Puede que incluso el pequeño monstruo que crié sin saberlo sea capaz de poner cara de preocupación o incluso de pena mientras dice todo eso, y mientras ríe en su interior tan alto que tendrá que agarrarse a algo para mantener el equilibrio, pareciendo así incluso más dolido. Pero me estoy desviando del tema, te contaré algo sobre el antídoto.
El veneno que mi hijo me consiguió y mezcló para mí con el mejor vino que se pueda encontrar en la tierra no se puede eliminar del cuerpo por ningún medio conocido. Seguirá operando siempre que el antídoto no sea suministrado, aumentando el dolor hasta más allá de lo inhumano. Sólo el antídoto, administrado con cierta regularidad puede proteger al envenenado de la peor agonía imaginable.
Y ese antídoto sólo puede encontrarse en esta cueva, en este desierto, a varios días de fatigosa caminata de cualquier esperanza. Supongo que cuando mi hijo supo del antídoto no pudo ya concebir que otra sustancia o método pudiera servirle para sus propósitos. Imaginar a un rey tan orgulloso como yo era (y te aseguro que era mucho más orgulloso y tiránico a sus ojos que a los de cualquier otro hombre) arrastrándose cada noche entre el polvo y la suciedad de esta cueva para lamer en perfecta humillación el amargo jugo del limo que crece ahí, donde el rayo de sol golpea esa roca, fertilizada por excrementos de murciélago y restos de otras alimañas debía ser para él e mayor de los placeres, y será hoy todavía su mayor diversión pensar en ello. Pues en efecto, el único antídoto para mi veneno es el moco que rezuma de esa mancha de pus verdiamarillo, y cuyo sabor (no te recomiendo probarlo) es más asqueroso incluso de lo que parece. Y lo mejor de todo es que el antídoto sólo actúa cuando acaba de brotar, ya que su efecto se pierde a los pocos minutos y por lo tanto no tiene sentido almacenarlo o recgerlo, sino que hay que consumirlo directamente mientras brota lentamente por entre la inmundicia.
Ya conoces, pues, la magnitud del odio que mi hijo me consiguió ocultar durante todo el tiempo que convivimos en la misma casa. En un acto humoristico de lo más retorcido me permitió incluso conservar mi corona. Y admito que ha sido de gran ayuda, puesto que me permite saber que mis recuerdos no son una invención sino algo tangible, idea que llegó a ocurrírseme poco después de que, en un acceso de rabia, la arrojé entre las peñas de afuera. Empecé a imaginar que mi vida había sido siempre la que es ahora, y que mis recuerdos no eran más que fantasías y desvaríos para sentirme alguien importante.
Tres días tardé en volver a encontrar la corona, y fueron terriblemente angustiosos, puedes creerme. Desde entonces la llevo siempre puesta, aunque me temo que es lo que mi hijo habría deseado. Su plan era perfecto incluso en esa pincelada de sarcasmo. NO sé cuales serán sus otras cualidades como rey, pero al menos puedo enorgullecerme de haberos brindado un monarca tan inteligente.
La historia había hecho que el caballero se estremeciera. Prometió al rey que se la contaría a todo el mundo para que nadie ignorase la crueldad de su actual monarca, y que los nobles del reino se levantarían en armas contra el parricida que ahora los gobernaba.
EL rey le contestó simplemente:
-Haz lo que quieras, y no te preocupes por mí, ya que para mí será lo mismo. Pero sí que hay algo que puedes hacer por mí y que te agradecería enormemente.
-Lo que sea, su majestad, haré cualquier cosa que me pidáis.

-Quiero que lleves un mensaje a mi hijo. Quiero que le digas a esa criatura que cuando me hizo esto, había decidido ya abdicar a su favor como regalo de cumpleaños, para el cual faltaban únicamente tres meses. Espero que al menos eso le haga perder el sueño una noche o dos, aunque no lo creo. No sé. Es lo único que se me ha ocurrido, y además es cierto, para mayor tortura de este anciano siervo del moho.

12 enero 2007

¿Recuerdas?

¿Recuerdas aquel tórrido verano en que descubrimos nuestro amor?
El aire no se movía, y todo era dorado bajo el abrasador abrazo del sol. La tierra temblaba bajo nuestros pies, y ambos llegamos a temer la grandeza de nuestro amor.
Los días se llenaban sólo con una mirada, con un sentimiento que quemaba como el fuego.
¿Recuerdas aquel verano, en que tuvimos aquella idea?
Al principio nos dio miedo. Pero estando juntos no podíamos temer nada.
Un día de repente supimos que el verano acabaría, que llegaría el invierno con sus colmillos helados, dispuesto a devorar la juventud de nuestra carne.
Juntos nos reímos de él. Juntos decidimos que nunca nos alcanzaría, que huiríamos de él para siempre, y seríamos así eternamente jóvenes, y nuestro amor no se consumiría.
Recuerdas el verano de nuestro dulce suicidio?
Nada podía haber más hermoso que abrazarnos y mirarnos a los ojos mientras lentamente la muerte nos arrastraba a través del aire ardiente y la sangre de los dos se mezclaba a nuestros pies convirtiéndose en una sola cosa.
Ya no podíamos temer nada, pues estábamos juntos.
Y juntos nos atrevimos a creer que nada malo podríamos esperar, pues fuese cual fuese el castigo por nuestro pecado, nos teníamos el uno al otro. Y eso bastaba. Incluso un silencioso olvido a tu lado hubiese sido el más feliz de los destinos.
Pero fuimos condenados al mayor dolor posible, a una separación que no merecíamos.
Y ya no puedo encontrarte.
Me atormento cada noche tratando de descubrir por qué fuimos tan terriblemente malditos, y ahora estoy seguro de que sea lo que sea, Dios, Poder o Destino que rige el universo, sintió sin duda envidia de nuestra suerte.
He vagado durante una eternidad, sin lograr encontrarte, sin poder olvidarte. Y ahora necesito saberlo: ¿Lo recuerdas? ¿Tú también lo recuerdas?
Nuestra condena es no volver a encontrarnos jamás.
Por eso te escribo esta carta, porque aunque no me quede más que la amargura de estos siglos vacíos, necesito saber al menos eso.
¿También tú lo recuerdas?
He escrito esta carta un millar de veces, la he esparcido a los cuatro vientos, la he tallado en el muro de somnolientas ruínas, la he repetido en cada pueblo, cada ciudad, y sé que no puedo encontrarte.
Pero una noche, cuando a través del velo del tiempo puedas recordar lo que una vez fuimos, envíame tu mensaje, una sola palabra. Yo la encontraré.
Por favor, dime que lo recuerdas.

12 diciembre 2006

Cerca del solsticio

La luna brillaba llena en un cielo despejado, y el aire era cálido, pero no como el tórrido día que acababa de terminar. Una suave brisa lo movía, susurrando palabras de calma en mis oídos. "ni soñar con buscar refugio para la noche todavía" me dije. "Es una noche demasiado hermosa como para desperdiciarla durmiendo".
En efecto, era la noche más tranquila, agradable y luminosa que recordaba en muchos años. El solsticio de verano había quedado atrás hacía pocos días, y el aire estaba impregnado de la fragancia del verano. No era una noche para dormir. En cada pueblo a todo lo largo del gran río habría una fiesta esa noche, con un gran fuego y gentes sencillas que se habrían descubierto incapaces de dormir o de sentarse en sus hogares siquiera. Necesitaban bailar y reír, y cantar.
Yo mismo me sentía lleno de una euforia silenciosa que amenazaba con ahogarme, y comencé a tararear una alegre canción que había aprendido muchos años atrás, cuando aún vivía en los reinos del norte. Mi mente se perdió en viejos recuerdos, y hasta mi equipaje pareció volverse liviano a mis espaldas, como si me hubieran quitado el peso de muchos años.
Quizás fuese por el buen talante que me dominaba que puedo hoy contar esta historia. Estaba tan inmerso en el hechizo de aquella noche que no pude permitir que ningún terror me dominase.
Cerca de medianoche me crucé con un par de hombres que corrían sin aliento, y les saludé amigablemente.
Ellos simplemente pasaron de largo, y me advirtieron con sus gritos de que no siguiera en aquella dirección.
Ah, pero yo siempre he sido poco prudente, incluso temerario, sin llegar a ser valiente, e hice caso omiso.
El caso es, pues, que seguí caminando, y no mucho tiempo después de mi encuentro con los hombres aterrados, escuché el sonido de los cascos de un caballo que tranquilamente se dirigía a mi encuentro.
Poco después lo vi. Era una bestia vieja que tiraba muy lentamente de un viejo carromato destartalado, en cuyo pescante iba sentado un hombre embozado. Por la tranquilidad con que marchaban no me pareció que estuviesen asustados de nada, pero (cosa curiosa) no se me ocurrió que pudiesen ser ellos los que habían asustado a los caminantes.
Yo hice lo que cualquier peregrino haría: saludé cordialmente con la mano en alto al hombre del pescante (ya que saludar al viejo caballo era del todo innecesario).
Lo primero que me sorprendió fue la voz del extraño. Era una voz rasgada y profunda, a la que le costaba escaparse de entre los pliegues de aque manto que nada dejaba ver. Pero las palabras fueron amables y no sospeché nada.
El hombre estaba muerto, eso fue lo segundo que me sorprendió. Llevaba así muchos años, a juzgar por el blanquecino hueso que se podia entrever a través de los jirones de su manto. Sólo algunos restos de carne y piel, correosos y resecos daban algo de consistencia a la figura.
Yo lo acepté todo con un simple asentimiento, pues sentía que en una noche como aquella cualquier cosa era posible.
No era de extrañar que incluso los muertos saliesen de sus tumbas para disfrutar de la suave brisa, aunque luego descubrí que aquel no era el caso.
Ni siquiera me detuve a calcular lo que hacía. Me subí al pescante y me senté al lado del cadáver, con una amable sonrisa en la cara, y dije, simplemente:
-Contadme vuestra historia, buen señor, pues con ella seguramente podré ganar algunas monedas en la próxima posada.
La figura clavó en mí las vacías cuencas, y pude ver su rostro sonriente a la luz directa de la luna.
"Debéis estar loco, amigo mío" me dijo, sin mover la boca "Pero ya que me lo pedís, os contaré lo que queráis saber"
Bien, dije, muchas gracias, señor.
Y pasé algunos momentos tratando de encontrar una forma no ofensiva de hacer mi pregunta.
Finalmente me dije "Al diablo, este tipo sabe perfectamente que aspecto tiene y que no es normal, no creo que se ofenda demasiado"
-¿Cómo es que camináis entre los vivos, señor? ¿Por qué no habéis marchado al reposo de la tumba?
La brisa no dejó de soplar, la luna no dejó de brillar, y la voz no se hizo esperar:
-Es una larga historia, hombre del camino. ¿Os serviría si os digo simplemente que hace algún tiempo tuve ciertos tratos con la muerte que me impiden encontrar el descanso que tanto anhelo?
-Bueno -dije yo- Esperaba algo más extenso, si he de seros sincero. Pero si no queréis hablar de ello, decidme entonces, ¿Qué hacéis conduciendo este viejo carromato? ¿Qué lleváis en él a través de esta hermosa noche?
De nuevo fue bastante amable cuando me contestó:
Oh, eso. No tiene sentido que me extienda en largas discusiones, cuando podéis comprobarlo por vos mismo, señor. Echad un ojo bajo la lona y opinad por vos mismo.
En el fondo, lo que más me fastidia de todo es lo que me dijo luego:
-Vaya, nunca había encontrado a uno tan amable, es desde luego de agradecer que hayáis sido tan colaborador.
Bien, mi madre siempre decía que estaba rematadamente loco y que acabaría mal. Pero probablemente no pueda decirme que ella tenía razón, ya que no creo que la vuelva a ver.
Vamos, dejad de reiros, ¿A quién le toca ahora? Venga, tú, cuéntanos cómo acabaste en el carromato...

18 abril 2006

"Y en una sola noche se alzaron, en silencio. Ni una palabra, ni un gemido escapó de sus labios"

-Todas las mañanas hay alguno, esperando ahí ahajo.
Siempre me despierta su maldito olor.
No sé cómo lo hacen, pero por mucho que me esconda, por muy sigiloso que sea, siempre se las arreglan para aparecer. Debe ser una de esas cosas de las que mi profesor hablaba tanto, cosas que escapan a la ciencia, decía.
Bien, por eso empecé a dormir en los árboles.
Me despierto con un terrible dolor de espalda, y saco el martillo.
Estoy loco, pero no soy estúpido. Miro antes de bajar.
Bueno, hoy sólo son cuatro. De todas formas un poco de ejercicio ayuda a despejarse por la mañana. Prefiero un buen baño, claro. Pero no se puede tener todo.
Bajo del árbol y aplasto la cabeza de dos de ellos antes de que se den cuenta de que me han encontrado.
A los otros dos los despacho también fácilmente. Derribo a uno y le rompo el cráneo contra el suelo antes de que el otro me alcance. El que queda se me acerca. Quizás en otra época me hubiese entretenido, hubiese tratado de hacer algo bonito. Pero llevo mucho tiempo dando vueltas y durmiendo a la intemperie, sólo quiero acabar con él lo antes posible y desayunar.
Joder, me estoy volviendo tan desapasionado como ellos.
Y todo se está haciendo muy rutinario.
Bajar mis cosas, cargármelas al hombro, limpiarme la sangre lo mejor posible y masticar alo de carne seca mientras camino.
Sí, admito que hablo sólo, pero por dios, viajo de un lugar a otro persiguiendo a una leyenda y matando zombis por todo lo largo y ancho del mundo. Me puedo permitir algunos leves síntomas de locura mientras camino. Y alejo un poco el aburrimiento, de paso.
Hace unos días encontré una pequeña ciudad. Por muy escasos que sean, siempre es fácil encontrar a los supervivientes humanos. Los zombis se arraciman en torno a sus ciudades y refugios atraídos por el olor de los vivos, merodeando en cantidades tremendas.
Y para mí, a estas alturas, el mayor riesgo es que me tomen por uno de ellos al acercarme a las ciudades. Ya no les tengo miedo. Ni siquiera respeto. Son un accidente más del paisaje.
La ciudad era un tugurio inmundo.
Si lo que dicen es cierto, las ciudades de antes eran inmensos nucleos de vida humana, con miles y miles de personas respirando el mismo aire. Sólo puedo creerlo porque de algún lugar deben haber salido todos estos zombis, pero en cualquier caso, mi ciudad natal (ciudad beta) era mucho mejor que aquella porquería de la que me largué ayer.
Ni siquiera tenían noticias frescas de la zona, lo que yo les llevé les sonaba a novedad, y lo cierto es que tiene más años que yo.
Un pequeño país está surgiendo al oeste, formado por ciudades independientes comunicadas por palomas mensajeras y otros medios absurdos. Los que dejé ayer eran ya demasiado primitivos incluspo para haber imaginado algo así. Nos vamos volviendo imbéciles, y no hay nada que hacer.
Bueno, sí que lo hay.
Si te cansas de volverte imbécil en tu agujero cochambroso puedes hacer como yo, dejar tus cosas, largarte a recorrer mundo y abrirte camino a través del aburrimiento y los cuerpos podridos.
Así no te vuelves imbécil.
Pero te vuelves loco.
Averigüé en que región estoy, al menos. Lo he marcado en mi mapa.
La buena noticia es que he recorrido mucho más de lo que esperaba.
La mala es que cuanto más cerca estoy de mi meta, más convencido estoy de la decepción que me llevaré, y de lo inútil que ha sido mi viaje. Da igual, por lo menos hago ejercicio.
Te contaré otra vez, oyente imaginario, ya que no puedes negarte, qué hago caminando sólo por los bosques, hablando como un enajenado mientras millares de criaturas podridas captan mi olor y torpemente se dirigen hacia mí:
Voy en pos de una absurda leyenda que mi madre me contaba cuando era pequeño, para dormirme antes de que se apagaran las luces y el omnipresente miedo a los zombis me llenase de pesadillas. Mi madre era buena contando historias. Ella había conocido un mundo sin zombis, en el que los hombres dominaban la creación y campaban a sus anchas sin temor a criatura alguna. Me hablaba de que en ese mundo que ella conocía, y del que yo nunca había tenido noticias (No traspasé los muros de ciudad beta hasta los 14 años, ni siquiera sabía lo que era un árbol por aquel entonces) existían lugares sagrados, lugares especiales que sin duda no habían sido mancillados por la plaga de los zombis.
Bien, has adivinado. Soy un loco que cree en cuentos infantiles y que peregrina a martillazos hacia una estúpida tierra prometida que ni siquiera tiene por que existir.
Si existieras, persona que me escucha, te permitiría que te rieras de mí. Pero no existes, así que cállate y déjame continuar.
...está visto que no puedo continuar, veamos...
Son siete, y me han visto. Puedo reventar la cabeza de dos de ellos con la honda antes de que estén demasiado cerca. Saco el martillo, ataco al primero. Uno me ha consegiodo agarrar el brazo, pero con la otra mano le doy un puñetazo en la frente.
Retrocedo un par de pasos, y vuelvo al ataque. Un cráneo cruje, los demás lo ignoran y se siguen acercando.
Odio los retrasos. Sé que es mucho pedir, pero me gustaría que se quejasen, que mostrasen signos de que les duele. Es muy desagradecido golpear a enemigos que te van a ignorar por completo a no ser que los mates (del todo). Desde luego, a mí me duele cuando me consiguen dar. Ya sólo quedan dos, pero me he quedado sin espacio para retroceder. Eso me pasa por no mirar atrás. No quiero meterme en esos macizos de zarzas. Así que doy un golpe circular con mi viejo martillo. NO me gusta echarme flores, pero me estoy haciendo muy bueno en esto. Dos fuertes crujidos son la prueba irrefutable.
Me detengo a tomar aire, y a limpiarme un poco de sangre que me ha salpicado el ojo.
Y me doy cuenta de un detalle muy interesante. El que a mí me moleste mucho meterme en las zarzas no implica que moleste también a los zombis. Una mano me agarra del tobillo y me hace caer de bruces.
Por la espalda. También me gustaría que hiciesen algún ruido al acercarse, apúntalo en la lista.
De todas formas ya es tarde para lamentarse por mi estupidez. Me giro sobre mi tobillo (eso duele) y le rompo la cabeza cuando sus dientes están a punto de rozar mi bota. No creo que la hubiesen traspasado, pero ha estado mucho más cerca de lo que me gusta.
Sin detenerme a recobrar aliento, sigo adelante.
Aunque lo pueda parecer, no me lo paso nada bien con estas cosas.
Bien, ¿Por donde íbamos?
Tengo un gran mapa en el que está dibujado el contorno de los océanos, el nombre de viejas naciones y sus fronteras (Concepto que me costó años comprender). Allí a llo lejos se encuentra el lugar del que mi madre contaba más cuentos, la tierra sagrada donde el mal no tiene cabida.
En la pocilga que ayer abandoné me dijeron que no me encuentro ya demasiado lejos de aquella región. Aunque no me pudieron dar noticias recientes de ella, porque eran de ese tipo de personas que creen que son la última esperanza de la humanidad, los últimos supervivientes, o lo que sea, y no han explorado demasiado el mundo. Sin duda piensan que todo está tan lleno de zombis como las inmediaciones de sus muros. Bueno, de todas formas no andan muy desencaminados.
Me dijeron que tendría que atravesar un desierto antes de llegar a mi destino.
Es interesante, porque nunca he estado en un desierto.
Pero no me hace ninguna gracia eso de que no haya árboles, ni agua.
Al menos no es demasiado extenso, si no me han mentido. A veces las personas mienten, lo descubrí poco después de salir de beta.
Pero claro, una persona que viaja sóla por el mundo no puede saber demasiado sobre los de su clase.
...
Te aburres, ¿eh? lo siento, pero no me usta hablar mientras atravieso montañas. Me quedo sin aire, y además hay que estar muy pendiente de emboscadas. Sólo me crucé con un zombi perdido, de todas formas, y lo arrojé al precipicio de un par de pedradas. ¿Para qué complicarse más? ellos te agarran y te comen, yo sólo soy ligeramente más sofisticado, pero por razones de comodidad.
El caso es que desde aquí diviso el desierto. Y no me gusta nada. Ni un pelo.
Así que voy a montar aquí mi hamaca, entre estos dos preciosos pinos, y mañana veremos como pinta. Buenas noches, nadie.
¿Quieres escuchar mi oración otra vez? Sé que es estúpida, así que si tienes algo en contra dilo, ¿eh? perfecto.
"Fuerzas más allá de la ciencia para las cuales no tengo nombre ni especial aprecio: Si es cierto que trajisteis los zombis al mundo en una sóla noche, venid ahora que el sol no luce, y lleváoslos del mismo modo. Yo no objetaré nada."
Bien, advertí que era estúpida. Pero yo no soy un poeta, ni creo que funcione para nada, de todos modos, así que ala, hasta mañana, que se me cierran los ojos.

Lo que más echo de menos de ciudad beta son los baños y la musica.
Hoy he tenido otra vez un sueño en el que caminaba y mataba zombis. Me empiezan a hartar.
Hay sólo dos bajo mi hamaca. No merece la pena ni el esfuerzo, pero les reviento la cabeza a martillazos.
He encontrado un arroyo y llenado mis cantimploras para el viaje por el desierto.
Bien, la esperanza ya no me sirve para mucho, pero la poca que me queda se revuelve ahora con fuerza.
Sólo tengo que atravesar ese desierto, nada más. Y luego ya veremos.
...
Mierda, he calculado mal. Nadie me dijo que era tan difícil caminar sobre la arena. ¿Cómo iba a imaginarlo?
Sólo la he visto en playas, y estas las he mirado muy de lejos. Sí, me da miedo el mar. ¿Qué quieres que le haga? nunca lo había visto, debieron prevenirme de su grandeza, de su profundidad. No es mi culpa.
Camino y camino, camino y camino. Y no se me ocurre ninguna cancioncilla estúpida con la que entretenerme. Creo que tengo arena en todas partes.
...
Y ahora es el momento interesante. El sol se está poniendo, ¿Dónde voy a dormir?
también voy mal de agua. El desierto da mucha sed.
...
Hoy ha ocurrido algo increíble.
Anoche caminé y caminé sin encontrar refugio, y al final caí dormido. ¡Y al despertarme, en el suelo, no había zombis alrededor! ni siquiera uno.
Tampoco agua, claro.
Tengo una sed terrible. Pero el viaje continúa, ¿no?
si creyera en las señales, diría que esa ausencia de zombis significa algo. Claro, que no creo qn las señales... pero sí en cuentos de viejas... Bien, castigado sin hablar por tonto.
...
La noche cae otra vez. No tengo agua. Ni una gota. El sol se está muriendo allá atrás, y no hay agua. Ni zombis. Como odio a los zombis.
Creo que me voy a quedar dormido aquí mismo.
...
Mira, ninguno esta mañana, que sorpresa. Pues podrían haber venido a traerme un poco de agua. Creo que si decido dar la vuelta moriré de sed antes de llegar a las montañas, ¿sabes? y se camina muy despacio por la arena.
Por lo menos creo que va a ser una buena idea caminar solo por las crestas de las dunas, ¿eh? creo que voy más rápido, aunque de alunas vueltas.
Me estoy muriendo.
Allá atrás he visto una piedra muy rara. Era grande (Ya, eso no es raro) y tenía cosas grabadas. Símbolos. Al diablo, los símbolos no se pueden beber. Yo quiero agua. Y para comer sólo tengo esta carne desecada. Para tí, desierto, ahí te la dejo.
...
Estoy perdiendo la cabeza. Y me parece que para siempre.

***

No, no me he confundido. Volvemos.
Marcha atrás, al infierno, supongo.
¿Sabes?, cuando me caí inconsciente vi a un hombre. Me dio agua, y hablaba en un idioma raro. Pero supo responderme en el mío.
Me dijo que es habitante del país en el que no puede entrar el mal, allá al este. Creo que he llorado de felicidad porque mis cara está llena de pegotes de arena.
Me ha hablado de una ciudad dorada en la que los hombres viven en paz, sin miedo, allá al este. Sin zombis.
No, claro que no lo he soñado.
Luego me ha dicho que me alejase de su ciudad, en la que el mal no tiene cabida. Supongo que tiene razón, pero mira, al menos tengo una historia que contar... maldito calor... ¡Maldita arena!

¿Que? oh, para ser una criatura imaginaria que utilizo sólo para desahogarme eres muy estúpido... ¿Que lo he soñado todo, que me he vuelto definitivamente loco?
Mira, puede ser, pero al menos no estoy tan ciego como para ignorar que mis cantimploras están llenas de agua otra vez.
Adiós, piedra con símbolos.
Mierda, como odio este mundo.

22 febrero 2006

stirb nicht vor mir

esta entrada se la ha comido el monstruo de blogger. Mucho cuidado con el monstruo de blogger. No abandoneis vuestros blogs. Ellos no lo harían.

11 enero 2006

Bruja, Bruja!

Silbidos, aullidos, gritos sin sentido.
Es lo que todos escuchaban en la musica del viento.
Y también habia sido siempre así para ella.
Pero una noche, cuando todavía no era más que una niña, el viento comenzó a sonar distinto.
El viento decía, despacio, amablemente:
-Ven, Ven...
Pero no lo quiso creer. Aquella noche aplastó sus oídos contra la almohada y se quedó dormida entre lágrimas de miedo.
Nadie iba a creer una historia tan extraña, y menos viniendo de una niña. Su hermano mayor se reía de ella, y "No digas tonterías, o te llamarán tonta" le regañaba su padre.
Pero a la noche siguiente, e viento le dijo:
-Ven, pequeña, ven...
Una y otra vez.
Al día siguiente la llevaron de compras al pueblo, y se alegró mucho, porque allí vivía su mejor amiga.
Le contaría a ella su historia, y alguien no se reiría.
Pero la pequeña también se rió de ella. Y la llamó cobarde, y le dijo que se portaba como un bebé cobarde.
Porque a todos el viento silbaba indiferente, mientras a ella la llamaba... por su nombre.
Y fue extraño, porque hasta que el viento lo mencionó la tercera noche, ella nunca había sabido que aquel era su nombre.
Y ya no tuvo miedo.
Por encima de su camisón se envolvió con la manta, y salió a hablar con el viento.
Durante horas jugaron aquella noche de otoño, la niña, las hojas, el viento, la manta.
La niña estallaba de risa, el viento rugía de regocijo, la manta se hinchaba elevando a la pequeña por los aires, y las hojas muertas le hacían cosquillas.
Aquella mañana, su padre desayunaba. Pensaba en que aquella noche el viento sí había sonado extraño, y estuvo a punto de decirselo a su hija.
Pero ésta no apareció. No estuvo con él al desayuno, ni estaba cuando volvió del mercado. En su lugar, su esposa lloraba sóla porque la pequeña había desaparecido.
El sol estaba alto cuando la pequeña princesa del viento sse despertó, bajo una suave retama, sobre un colchón de hojas suaves y crujientes, con una manta sobre ella.
Había un bosque a su alrededor, y la luz era dorada y ventosa.
Como ya estaba despierta, el viento le tomó de la mano, y silbando tranquilamente recorrieron el bosque hacia sus oscuras profundidades.
Y era extraño, porque aunque había estado muchas veces antes en el bosque, era como si esta vez fuese distinto.
Había palabras por todas partes. En el trino de los pájaros, en el rumor de las aguas, en el crujido de las ramas. Y las escuchaba todas impresionada por lo mucho que decían.
El viento la dejó frente a la puerta de una cueva, y siguió deambulando tranquilo por el bosque.
Era un lugar extraño. Restos de una gran hoguera cubrían el aire de cenizas frente a la entrada de la cueva, donde noches antes habían quemado a la bruja, y la pequeña recogió un puñado sin preocuparse demasiado por el motivo.
Simplemente era divertido escribir con su dedo ennegrecido de hollín símbolos sin sentido sobre una piedra al sol.
Pero en aquella tranquila mañana hasta los símbolos tenían sentido, y durante dos años la muchacha no pudo salir de la cueva, dibujando una runa tras otra, aprendiendo lo que éstas le enseñaban.
Le enseñaban cosas útiles, poder y fuerza, veneno y vida, y ella aprendía vorazmente mientras el invierno se sucedía al resto de estaciones y sus padres abandonaban la búsqueda.
Cuando al fin salió de la cueva, había muchas más voces, en todos los lugares, pero ya podía comprenderlas.
Porque, por supuesto, ése había sido su poder desde el principio.
Y paseó por el bosque, sintiendo la fuerza bajo sus pies, creciendo con ella y aprendiendo sin cesar.
Camino durante días hasta que una tarde se cruzó en su camino un hermoso ciervo, con la respiración agitada. El ciervo le dijo:
-Señora, el lobo me persigue, y quiere matarme. No se lo permitas.
Y en efecto, el lobo llegó, grande, negro, con sus grandes fauces. Pero antes de atacar al ciervo esperó el juicio de la mujer.
-Devora a este ciervo, lobo -dijo- pues lo has cazado.
Y así ocurrió.
Otro día ordenó al río estancarse pues los castores habían creado una fuerte presa.
Más tarde estranguló a una serpiente que perseguía a una rata, pues le apeteció devorarla.
Y así transcurrían los lentos días, deambulando por los bosques, ayudando con su consejo a los espíritus que allí habitaban, bailando con el viento de vez en cuando.
Pero un buen día, mientras aún dormía en su cueva, escuchó la voz de la tierra, quejumbrosa:
-Señora, de nuevo los usurpadores abren heridas en mi piel y arrancan mis huesos.
De un salto se puso de pie, y corrió a ver lo que ocurría.
Era extraño, porque en la inmensidad del bosque casi había olvidado a los seres humanos. Algunos de ellos habían abierto un agujero en un claro, y arrancaban alaridos de dolor de las rocas, para extirparles sus brillantes entrañas. Durante un tiempo no supo que hacer, pues no comprendía el poder de estos seres. No parecían tener ninguno en absoluto.
Permitió a la tierra cerrar su cicatriz y devorar a los ladrones.
Pero los hombres le habían llenado de extrañeza, y aquella noche llamó al viento para que la acompañase a su lugar de origen, ya que quería verlos más de cerca.
El viento le advirtió que los hombres eran seres injustos y que nunca escucharían las leyes del mundo, pero ella no creía que aquello fuese un peligro, pues era poderosa, y sólo quería conocerlos.
El viento la llevó al pueblo, y por las calles vagó ella, sorprendida por el terrible silencio que allí reinaba, pues ni una sola criatura ni elemento se atrevía a levantar la voz allí.
Sintió lástima por los silenciosos seres humanos, incapaces de hablar con el mundo ni de escuchar sus voces, y se marchó de allí.
La vida siguió tranquila y normal, como hasta entonces, y sólo en tres ocasiones más supo de los humanos.
En una de ellas, los árboles lloraron en la voz del viento pues los hombres los estaban talando para sus fuegos.
La naturaleza odia el fuego, la muerte silenciosa, así que la mujer llamó a una vieja enfermedad para que acabase con aquellos profanadores del bosque.
En otra ocasión, Unos hombres se habían empeñado en hacer surcos en la tierra, matando todo lo que allí crecía, y llamó al rayo para que acabara con ellos, y a la lluvia para que hiciese fango y devorase aquel lugar.
Sólo una vez más vio a los seres humanos.
Dormía tranquilamente en la cama de hojas de su apacible ruta cuando unas manos violentas la agarraron. No los había oído llegar, silenciosos como eran.
Pero ahora gritaban una y otra vez, una palabra cuyo significado apenas podía recordar.
-Bruja, Bruja -Decían, y la sacaron al exterior.
Allí quedó tendida, quejándose de dolor. Y a su alrededor muchos otros gritaban de agonía, troncos y ramas y gusanos.
Y cuando quiso ver por qué lloraban, comprendió que los desraciados estaban ardiendo.
Trató de hablar con el fuego, pero tras tantos años conviviendo con los hombres, el fuego también había perdido su voz. Pidió ayuda a todos los seres y espíritus, pero el crepitar del fuego ahogaba su voz, los vacíos aullidos de los hombres borraban sus palabras, hasta que ella también comenzó a aullar, mientras las llamas lamían su carne, sobre las cenizas de tantas otras.
Y a la noche siguiente, liviana como el polvo, flotaba de nuevo en el viento, llamando a quienquiera que pudiese escuchar su voz.

19 noviembre 2005

E l p i n t o r

Relato eliminado por necesidades personales.
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