Acerca de sueños, delirios, y una extraña amenaza
Llevaba muy poco tiempo en aquella ciudad, en aquella casa fría y gris, y sin embargo algunas cosas parecían ya completamente afianzadas en mi vida.
Me explicare. Mi imaginación siempre ha sido un mecanismo muy difícil de controlar, disparándose en cualquier instante y en cualquier dirección… Soñador, es la palabra con la que me han definido en más de una ocasión. Y eso es precisamente lo que mas hago: soñar. Pocas son las noches en que me despierto sin ser capaz de recordar uno o más sueños, de tal modo que sigo dándoles vueltas en la cabeza a lo largo del día, y aportan cierta, digamos magia, a la monotonía del trabajo y la soledad.
El caso es que habiéndola ocupado durante tan poco tiempo, aquella casa parecía haberse adueñado por completo de mi subconsciente.
Cada noche, después de irme a dormir, la recorría en sueños. Todas las noches me ocurría, y durante el día me preguntaba confuso a que podía deberse esta extraña obsesión.
Por supuesto, no le di demasiada importancia. Durante los breves momentos en los que me paraba a pensar en el asunto, me decía a mi mismo que era probablemente el simple hecho de haberme mudado a una ciudad nueva y desconocida, y a una casa tan anodina. Cuando me hubiese acostumbrado, me decía, los sueños habituales volverían.
Con esto en mente, solo me quedaba lamentar en silencio la ausencia de sueños mas interesantes en los que pensar durante el día, pero como ya dije, mi imaginación es un mecanismo bastante bien engrasado, y no suelo tener problema para perderme en ensoñaciones, aunque estas se hayan generado en la vulgar vigilia.
Pasaron los meses, y seguía soñando con la casa cada noche. Y la situación comenzaba a incomodarme, pero solo a un nivel profundamente personal, pues en realidad no afectaba en absoluto a mi vida… solo era como un vacío al que no lograba acostumbrarme. Echaba de menos mis viejos sueños, su variedad, su sorpresa.
La casa, todo sea dicho, era de lo mas normal que puede encontrarse. No era en absoluto una casa antigua, o grande, o llena de misterios de cualquier tipo. Era una casa normal, tan normal como una casa puede ser. Y sin embargo, esta claro que me obsesionaba.
Como ya dije, la recorría en sueños cada noche. Mientras lo hacia, a veces buscaba algo, y a veces huía de algo. Lo que mas me molestaba es que durante el sueño sabía perfectamente de que se trataba, pero al despertar no tenia forma de saber que buscaba, o que me perseguía. Esto me incomodaba enormemente, ya que el misterio parecía extenderse cada noche, y la necesidad era más apremiante en cada ocasión.
Y de repente, la casa cambió. No mientras estaba despierto, por supuesto, pero sí en sueños. A veces encontraba corredores, habitaciones, pasillos y puertas que nunca habían estado allí antes. Por supuesto, al despertar la casa se me revelaba en su habitual normalidad, pero ahora mis sueños eran mucho mas extenuantes, había mucho mas espacio en el que buscar, o por el que ser perseguido. Me despertaba agotado, como si hubiese estado corriendo. Estaba cansado todo el día, y el dormir solo me cansaba más. Comencé a preguntarme si estaría aquejado de alguna forma de sonambulismo, pero no parecía ser el caso.
Pero las cosas no se quedaron ahí. Conforme mi casa se hacía mas y mas grande en sueños, pude comprobar que cada corredor, cada habitación, cada puerta que encontraba en alguna de mis noches, permanecía en el mismo lugar a partir de entonces. Esto me extrañó profundamente, ya que nunca había sido capaz (en todos mis años de vida) de soñar dos veces con lo mismo, salvo que se tratase de cosas reales. Pero los fragmentos de mi casa imaginaria permanecían invariablemente allí, mientras esta se iba convirtiendo poco a poco en mansión. Tenia un enorme invernadero, una inmensa biblioteca, innumerables trasteros y desvanes… Y todos estos lugares los recorría a la carrera buscando siempre algo, una imagen fija en mi mente que se disolvía al despertarme. Y siempre evitando una presencia, un nombre que me perseguía incansablemente y que mi memoria no lograba retener.
Además, pronto empezó a aparecer más gente. Tampoco era capaz de recordar sus rostros o nombres al despertarme, pero a veces, cuando mi perseguidor me había perdido la pista, podía detenerme a hablar con ellos, a preguntar si sabían donde podía estar el objeto (o lo que fuese) que buscaba.
Pero normalmente no me respondían. O lo hacían hablando de otras cosas, contándome sus historias o alguna pista críptica para la que nunca lograba encontrar sentido. Apenas lograba recordar más que leves retazos de sus historias, pero siempre, en todos los casos, me quedaba la impresión de una enorme tristeza. De una melancolía ajena a toda esperanza.
Pero con el tiempo (y ya había perdido la noción de cuanto tiempo llevaba soñando de esta forma) llegue a desarrollar cierto aprecio por algunos de estos personajes, tan nítidos en mis sueños, tan neblinosos durante el día.
Así, por ejemplo, recuerdo que el caballero (aunque no sabría decir si se trataba de una mujer) del diván verde de la biblioteca siempre me estaba dando consejos sobre la mejor forma de evitar que la humedad estropeara los libros, y la joven (aunque quizás fuese una anciana) que solía estar sentada en la barandilla de uno de los balcones me dijo en una ocasión que no tenia motivos para seguir allí, pero que le faltaba valor para saltar.
En las cocinas se escondía un niño pequeño que siempre me ayudaba a buscar entre las cajas y cajones, pero que jamás decía una sola palabra.
Así transcurrían mis noches, atravesando una mansión de la que mi casa original no parecía ser más que una adición, una pequeña caseta para el mayordomo, o algo así.
Mis días se volvían cada vez peores. El cansancio invadía mi mente a todas horas. Las piernas me dolían al caminar, los ojos me abrasaban solo de mantenerlos abiertos. La gente (la poca gente) con la que mantenía algún tipo de trato me miraba siempre con una expresión que solo a medias lograba ocultar su espanto, pero sin atreverse a decir nada. Creo que imaginaban que me había entregado al alcohol o a algún otro vicio nocturno, pero yo no me veía capaz de explicar mi problema, ni ellos podían hallar pruebas de sus sospechas.
A veces me quedaba dormido fuera de casa. En aquellas ocasiones mis sueños eran una desesperada carrera a través de un páramo nebuloso hacia mi casa, esa mansión cuyo exterior nunca había visto, y a la que nunca lograba llegar. Sólo me agotaba, y me despertaba con las piernas doloridas.
El cansancio comenzó a hacerse presente en mis sueños, de forma que se convirtieron en un penoso deambular por la enorme casa, sin poder apenas tenerme en pie, pero huyendo como podía de algo que no era capaz de ver, pero que casi lograba ya alcanzarme. A veces estaba tan cerca que podía oír los crujidos del suelo a su paso. Era un paso tranquilo, el paso confiado de quien se sabe ganador.
Una noche no pude más. Estaba destrozado, física y mentalmente; pero aun así seguí trastabillando, caminando lo más rápido que podía, a pesar del dolor que me agarrotaba los muslos a cada paso. Ya casi no veía lo que había ante mi, me movía a tientas, incapaz de abrir los ojos debido al escozor que me producía el mantenerlos abiertos el tiempo de un simple parpadeo. Estaba sediento, con la lengua seca pegada al paladar, y caminaba encorvado, incapaz de mantener la espalda erguida. Me desplazaba casi a cuatro patas, como un animal, apoyándome en cada objeto que encontraba a mi camino.
Mi oído parecía ser lo único que funcionaba correctamente. Escuchaba cada sonido, cada ruido que hacia al chocarme contra los muebles, cada roce de mis pies sobre el suelo. Y sobre todo ello, la risa cruel que se acercaba a mí.
Me rendí. Me di la vuelta y decidí enfrentar lo que fuese.
Como ya dije, apenas podía mantener los ojos abiertos. No podía levantar el peso de mis parpados mas que una abrasadora ranura por la que apenas veía nada, pero pude vislumbrar que me había arrastrado hasta mi habitación. La habitación donde me despertaría a la mañana siguiente… si lograba hacerlo. En aquel momento lo dudaba.
No podía seguir mirando. Cerré los ojos con fuerza esperando que las lágrimas se formasen y aliviasen el dolor. Pero ni siquiera las lágrimas acudieron. En lugar de ello sentí una sombra sobre mi y oí una voz, una voz profunda y cruel, que decía con sorna que mi tiempo se había acabado. Se extendió algo mas en detalles, pero yo no prestaba atención. Luchaba contra el dolor y el fuego de mis ojos por poder abrirlos y lograr ver al menos al ser que de esa forma me amenazaba.
Intente mantenerme erguido, pero el agotamiento me había derribado. Me derrumbaba poco a poco sobre mi cama sin recordar ya siquiera cómo se abren los ojos.
Pero entonces me pareció que la oscuridad cedía un poco, y logre entreabrir mi ojo derecho. La claridad de la aurora entraba por la ventana, y supe que estaba a punto de despertar. De escapar.
Pero esto no pareció preocupar a la voz, que simplemente dijo:
-No te atrevas a abrigar esperanzas. Has agotado tu tiempo y ya no hay nada que puedas hacer.
>Puede que esta noche haya terminado, pero te lo prometo, la próxima vez que te quedes dormido, no lo dudes, será tu muerte.
Solo entonces logre abrir los ojos. Las palabras resonaban nítidamente en mi memoria, casi podía sentirlas todavía resonando en mis oídos. Pero estaba despierto, y apenas era capaz de distinguir la realidad del sueño.
No era capaz de decidir si la amenaza era real, o solo una parte angustiosa de un sueño febril. Pero no había nada que pudiese hacer. Cansado (destrozado) como estaba, me incorpore y me decidí a enfrentarme a otro día de agotamiento. A fin de cuentas, no había otra cosa que pudiese hacer. Uno no puede escapar de sus propios sueños. Y para entonces yo solo quería descansar. Si dormir me costaba la vida, lo mejor era aceptarlo sin más.
La impresión, la sensación de que al final todo aquello iba a terminar, de una forma u otra, me acompaño durante todo el día. No había estado tan despierto en mucho tiempo. Simplemente tenia un motivo para esforzarme: a la noche siguiente los sueños terminarían, para bien o para mal. Tenía esa impresión, y esa impresión (por extraño que parezca) me daba fuerzas.
Llegó la noche. No tenía prisa ya. Me prepare una buena cena, y me fui a dormir. Mi sonrisa al acostarme solo estaba ensombrecida por el temor a que la amenaza no hubiese sido cierta y los sueños fuesen a continuar indefinidamente.
Me encontré en mi casa. Pero como yo ya sabia, había una puerta en el salón que no siempre lograba encontrar. La abrí, y pase al enorme pasillo de los ventanales, que conducía a la biblioteca. El caballero del diván verde no estaba allí. Sin prisas (porque no deseaba correr más) Salí al bacón de la habitación principal, baje a las cocinas, visite el invernadero, los numerosos salones, el observatorio. No había nadie en la casa.
La sensación de que algo había cambiado al fin me sobrecogió. Sabia (de alguna forma) que yo también iba a desaparecer, pero sentía aquel pequeño cambio como una enorme victoria.
También descubrí que echaba de menos a todos los que habían desaparecido. Mi alegría era una alegría melancólica, el tipo de felicidad que uno siente al terminar un buen libro, sabiendo que todo ha acabado bien, pero odiando no poder quedarse con los personajes.
Encontré lo que había estado buscando. Había estado por todas partes, a mi alrededor, pero hasta entonces no me había dado cuenta de lo que tenia que hacer.
Mientras lo hacia, una enorme carcajada (la criatura que me había estado persiguiendo) resonó por toda la mansión. Parecía que cada muro, cada mueble, cada mota de polvo suspendida en el aire rugía con aquella carcajada salvaje.
Tardé más de tres días en despertar. Cuando lo hice, estaba cubierto de vendajes, y todo el cuerpo me dolía. Pero estaba vivo.
Me contaron, aunque nadie lograba entenderlo, que me habían encontrado plácidamente dormido cuando lograron apagar el incendio que había devorado mi casa.
